Un encuentro con antídoto

Al final no sé si ella me encontró o si fui yo quien la buscó. Lo cierto es que ahora puedo decir que ya la he conocido como nunca antes pude hacerlo. Llegó sin avisar y sin pedir permiso se ha ido adueñando de todo. Cuando digo todo me refiero a todo. Al punto que ha impregnado hasta mi propia sombra. 

Y sí, ya puedo decir que le conozco o tal vez ella diría lo mismo de mí. Entonces, si coincidimos en tal afirmación es porque se trata de un saber mutuo y recíproco. No obstante, hay una línea sutil que marca la diferencia entre lo que ambos sabemos del otro. Ella no sabe que yo ya tengo conciencia de conocerla. En cambio, ella carece de tal capacidad. 

Cuando he estado a tope en el estilo de vida: comer, dormir, entrenar y repetir durante un par de años, algunos conocidos y amigos me sugerían que debía romper de vez en cuando con ella. Incluso, casi siempre he escuchado que ella se hace más fuerte al inicio de la semana y va menguando según van pasando los días hasta llegar el fin de semana donde se supone que se ha desaparecido. Construyéndose un círculo vicioso.

No obstante, mi saber de ella no se ha quedado en un simple conocerla. También he podido avanzar un poquito más y la he comprendido. Al manosearla he palpado sus entresijos y entrañas. Al menos en mi caso creo que haber encontrado cómo funciona y por qué lo hace así.

Pero esto no va sólo de saber, conocer y comprender. A todo eso hay que añadir que también he dado con su antídoto.  vaccine3

En las últimas semanas y obligado por las circunstancias me he visto repitiendo otro triángulo de vida: comer, dormir y estudiar. Y aquí ella ha clavado su bandera conquistando un terreno que se le había resistido. 

Golpea cada mañana y hace que se esfume la experiencia de lo lúdico. El conocerla y el comprenderla me han llevado a entenderla. Su esencia no está en la repetición, propiamente dicha, sino en la ausencia de pasión, entusiasmo, emoción, diversión y sensaciones afines. En una palabra, ella, al estilo de la hiedra, se encarga de silenciar a la afectividad, al sentido y el motivo de las cosas. 

En efecto, podemos ver cómo la tendencia de nuestros órganos corporales y sensoperceptuales es repetir su función con el objetivo de vivir. De hecho, hasta cada una de nuestras células innombrables nos empuja a la vida aunque no le prestemos mucha atención ni nos demos cuenta de ello. 

Entonces, a quien le guste dibujar y tenga esa aptitud no le pesaría sentarse en una esquina cualquiera para grabar una imagen en su lienzo. A su vez, el que siente la motivación y disfruta con madrugar cada domingo para salir en su bicicleta sólo o con sus amigos no lo vive como un sacrificio. Quien en invierno sale a correr con temperaturas bajo cero no le importa la inclemencia del frío porque su ardor interno es mucho más fuerte para empujarle fuera de su casa. El listado podría seguir y seguir. Es obvio que aunque se traten de actividades muy diferentes todas ellas tienen algo en común: ninguno de ellos la vive como una rutina, en el sentido negativo de la expresión. 

gra-loc-fuga--647x500Y sí, eso es la rutina. De esa que siempre hablan tan mal. Hacer las cosas por obligación sin disfrutarlas ni desearlas. Es muy fácil que encuentre su caldo de cultivo propicio cuando se trabaja en actividades para las que el único motivo que pudiera existir fuese el económico, por ejemplo. También puede aparecer como señal inequívoca que necesitamos descansar. 

Sea lo que sea que se haga, si lo hago con pasión no la sufro sino que la disfruto. En hacerla no hay disgusto sino un saborear el buen gusto que nos proporciona. Entonces me va encantar repetirla una y otra vez. Es una acción significativa y valiosa para mí.

A esa pasión por ese hacer que algunos atrevidos y osados le llaman obsesión. Menos mal que hay “obsesionados” por la mejora de la calidad de vida. Solo basta con detenerse por un instante mirando nuestro entorno y regresando al pasado: nada grande y loable se ha hecho en la humanidad bajo la ausencia de la “obsesión”.  El obsesionado no  está pendiente si es un día festivo o laborable. Simplemente hace y se dedica a lo que le gusta.

Etiquetamos de “obsesivos” a quienes tienen un nivel de entusiasmo y pasión en hacer algo o en su lucha por superar las adversidades que afrontan, precisamente porque nosotros mismos carecemos de esa motivación y fuerza que ellos sí demuestran tener. Y ahí surge la envidia (que no es más que una admiración en la sombra) y comienzan las etiquetas: “Madre mía, ese/a es un/a: enfermo, obsesionado, friki, raro, macarra, soberbio, narcisista y demás términos afines”.  Pero si te pasas todas las tardes echado en el sofá atrapado por “Netflix” o te pegas una juerga todos los fines de semana, ahí no hay “obsesión” y eso sí es normal. 

A la rutina (negativa) se le combate con el fuego que dan la emoción y el ardor de disfrutar lo que hacemos y que es la fuerza que nos empuja a plenificarnos en lo cotidiano. No se viste de extraordinario ni de lentejuelas ni de excepcionalidad. Se engalana con los detalles, la constancia, la disciplina, la dedicación y el saber estar ahí.  Todo ello bajo la dicha inigualable de saber “perder” el tiempo. 

En definitiva, como no nací para ser normal me moriré como he vivido: siendo permanentemente anormal. 

He escrito.

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Enredado con un 8 de oro

Captura de pantalla 2018-03-03 a las 18.12.51No te busqué. Me encontraste“. Así lo terminaba escribiendo, pero ahora toca continuar compartiendo un nuevo capítulo de tan singular historia.

Hará un poco más de un mes que escribía sobre cómo el 8 se convertía “en el 10” para seducirme. No obstante, pasadas estas semanas vuelvo por aquí pero esta vez para contar cómo el 8 (no se rindió) finalmente desplazó, con toda autoridad, al 10. Porque donde hay un 8 que se quiten los demás.

Dicen que para primeras impresiones no hay segundas oportunidades, pero el caso de hoy es su máxima excepción. Recordando un poco lo que decía en aquél post, el 10 fue capaz de impresionar y atraparme a la primera. Su vistosidad y colorido no eran para menos. Además, mostraba toda la “novedad” de un tope de gama.

Pero fue eso y nada más. Una impresión tan brillante como efímera y fugaz a la vez. Es bueno y encantador, eso no lo pongo en duda, pero una vez situado en el terreno de lo cotidiano, allí donde vamos haciendo uno con el otro en cada roce, comenzamos a detectar sus deficiencias o limitaciones. Y de ellas escribo a partir de mi intensa experiencia. Veámoslas:

Empezamos cuando lo tienes sobre la mesa: el bulto de su súper cámara hace que al escribir en su flamante pantalla super retina HD OLED y HDR estuviera cojeando. Es como un trípode solo con dos patitas. ¿Te lo imaginas? Una mala sensación de ver cómo no se queda quieto y se va de un lado para el otro. Un poquito de equilibrio no le habría venido mal.

Seguimos con su mayor novedad y atractivo: Face ID (FID). Para mí aún le falta crecer y mejorar en rapidez e intuición. Tiene grandes atributos pero se queda corta en comodidad, eficacia y rapidez. Para entrar al terminar hay que pasar por dos procesos: primero reconocimiento facial y luego empujar con el dedo hacia arriba para entrar en su entorno. Mucha pérdida de tiempo.

En cambio, con el 8 me basta usar el Touch ID y ni siquiera me entero y ya estoy dentro. Todo ha sido flash. Tal vez dicha característica parezca una nimiedad para muchos, pero créeme que en momentos de mucha prisa es cuando más se nota y se echa de menos una entrada rápida y efectiva. Y sobre todo si vas por la calle o andando en espacios públicos.

Ni que decir que el FID no siempre te reconoce a la primera y por eso tenía que ponerlo de frente a mi cara para que funcionara. Mirándolo sobre la mesa rara vez pude desbloquearlo. Me consumía mucho tiempo para usarlo. Hasta ahora el Touch ID no ha fallado ni una sola vez.Captura de pantalla 2018-03-03 a las 18.14.58

Con el 8 la instantaneidad está prácticamente asegurada. Su pantalla no será igual de llamativa a la del 10 mas eso no es sinónimo que le falte estética, funcionalidad y luminosidad.

Otra desventaja que le veo es  cerrando apps: en el 10 hay que seguir todo un proceso de varios pasos: empujar hacia el centro con el dedo, esperar a que aparezca la multitarea, presionar varios segundos sobre la app que se quiere cerrar y luego empujar hacia arriba. Mira qué largo me ha salido solo la explicación (se me cansan los dedos de escribirla). Imagínate el día al día.

En cambio con el 8 basta con lanzarlas hacia arriba en la multitarea para cerrarlas. Mira qué simple, rápido y fácil. Considero que tales características son esenciales y exigibles en el manejo de un dispositivo de última generación.

En cuanto al famoso “notch” reconozco que nunca fue un problema para mí. De hecho me acostumbré muy rápidamente. Así que ninguna queja por su presencia. También me ha hecho mucha gracia ver cómo en esta semana han ido surgiendo las copias y las imitaciones de un diseño que supuestamente es una “molestia” visual. Pero ya ves, ahí Apple la ha clavado. Y hoy, así como en el 2007, va marcando el ritmo y el rumbo.

Si todo eso fuera poco, basta con hacer una comparativa de especificaciones entre ambos terminales y te darás cuenta que tienen lo mismo en lo fundamental y sus diferencias son anecdóticas o puntuales. Todo esto lo estoy diciendo en base a mi experiencia personal de la comparación de lo que me ofrecen cada uno.

El 8, siendo continuista ofrece la vanguardia y lo mejor del 10. Así que me perdone el 10 y su aire de aniversario pero al final es el 8 el que me da más por menos precio y por eso me lo quedo.

Cómo no te voy a querer…

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Un momento de madre

Esta tarde tuve la oportunidad de presenciar una escena donde se conjugaban en un grado extremo la ternura y el cariño maternal sin igual: una madre con su hijo. Les vi y les escuché y me llegó muy hondo. Su conversación coloquial no era sobre temas metafísicos ni mucho menos. Ellos revelaban una ocasión cotidiana que muchos echamos de menos. Tanto que mi cara llegó a humedecer. En un momento ella le dijo con encanto y dulzura: “tú sabes si te gusta o no”. Me atrevo a creer que se lo decía sin engaños ni trampas.

Joder, cuánta envidia y pena a la vez. Ella quería asegurarse con el comercial de la tienda de lo que tendría que pagar durante 12 meses sin intereses. Vieron varios modelos, así como yo, hasta que el chico se decidió por uno que deberían recoger en los próximos días. Había que ver cómo la madre estaba muy al detalle de la logística de compra y posterior recogida.

En un momento mi mirada coincidió justo con el instante en el que él le acariciaba el pelo. Joder qué suerte! Fue entonces cuando me tuve que decir a mí mismo: “Hey, que toca sé fuerte y no venirte abajo. Que nadie se puede dar cuenta lo emocionado que estás por lo que acabas de ver”. Difícil prueba de contención de emociones encontradas y paradójicas. Así que con los ojos enrojecidos tuve que ir rápidamente al servicio.

Fue una escena cargada de tanto amor de madre que se me puso la carne de gallina. Inevitable como el mismo respirar pero allí estaban ellos con su complicidad filial.

Pensaba para él: “cuidala y mimala. Ojalá que sepas valorar la joya que tienes”. Verla a ella con sus buenos y dorados años aún y con tanto cariño ayudando a su hijo no solo a elegir una portátil, que ella pagaría a plazos, sino también acompañándole con paciencia en el inquietante proceso de decisión. El chico un tanto indeciso (de eso sé yo) se dejaba aconsejar por su madre: genuina elocuencia de complicidad entre ambos.

Y lo escribo porque no recuerdo nunca antes una experiencia similar a la descrita. Su valor único me ha motivado a dejarlo plasmado en estas breves líneas. Y ellos me sorprendieron de una forma tal que jamás lo sospecharían: yo fui su anónimo y discreto testigo.

Aunque ya no sé nada de ella ni viceversa, tampoco me interesa volver a hablarle. Aceptar lo que de hecho siempre ha sido es lo mejor aunque duela hasta el hueso. Simplemente se ha asumido lo que siempre ha sido de hecho.

Habría que estar ahí para verles y disfrutarles. Ojalá que la dicha de su cercanía siempre les acompañe…

Desistiendo del Yoga

IMG_0053Durante casi 2 semanas tuve en mis manos el famoso Lenovo Yoga 920. Un equipo que por características y referencias prometía ser un envidiable convertible 4-en-1.

Lo elegí porque buscaba no solo el todo-en-uno físicamente sino también potencia, ergonomía y diversidad. No obstante, todo se quedó en una decepción por múltiples razones que paso detallar:

Aunque se podía cerrar y girar 360º eso no significaba que así lo hiciera su sistema operativo (Windows 10) ni ninguna aplicación instalada. Una vez abierto se mantenía siempre en la posición de portátil y aunque físicamente se giraba la pantalla no sincronizaba con su contenido. Esto no fue lo que se ofertó ni vendió.

Una vez en el uso se echaba en falta que no se hubiese aprovechado mejor la pantalla reduciendo sus marcos y favoreciendo la inmersión visual para completar toda una experiencia digital plenamente envolvente. Aquí entra mi experiencia con el servicio de atención al cliente. Cuando llamo no se ponen de acuerdo en quién se debe hacer responsable de dicho fallo o a quién debo llamar. Así que me tuvieron mareado entre quien decía que era algo de hardware y otro que decía que era el software lo que estaba fallando. Claro, son las cosas que pasan cuando lo uno y lo otro son de fabricantes diferentes. Cuando falla algo es más fácil echarle la culpa al otro y así no dan la cara. En ese estado el usuario final se queda inerme.IMG_0057

Cuando se le iba abrir no se podía negar lo rústico, áspero y bruto del hardware. No es posible hacerlo con una sola mano. Parecían dos módulos ajenos uno al otro y que apenas les unía una bisagra en forma de correa de reloj, que lejos de armonizar el teclado con la pantalla lo que mostraba era un pegote unido a otro sin sentido ni estética alguna.

No fueron pocos los que se han jactado de considerarlo un gran equipo e incluso para premiarlo como el mejor convertible de 2017 (Xataka) pero si eso es ser el mejor no quiero ni pensar en los que se le quedaron por detrás.

IMG_0056El trackpad no ofrece ninguna suavidad al tacto. Sin decir lo limitado que está para los multi-gestos e interactividad con la pantalla. Mis dedos sentían que arañaban un pedazo de madera viejo, rajado, trasnochado y carcomido. El teclado no deja de ser tosco y raquítico por igual. Le falta sensibilidad e inteligencia (para que se retroilumine hay que pulsar teclas. No es capaz de hacerlo por sí solo según la intensidad de la luz que recibe).

Aunque dicen que es un equipo liviano sus 1,3 kg se dejaban sentir con fuerza y volumen. Esta experiencia me hecho ver que un convertible cuya pantalla supere las 10 o 10,5 pulgadas ya es algo que hay pensárselo y vivirlo previamente porque en la práctica se hace muy grande y pesado para lo que supuestamente es su fuerte: la conjunción simultánea de versatilidad, ergonomía y potencia. No voy a cuestionar tanto su potencia pero faltando las dos primeras cualidades me resulta un tanto complicado de usar con entusiasmo y disfrute.

El Lenovo Yoga 920 es un concepto que ha llegado al usuario final en estado crudo, soso y de complicada digestión. Siendo optimistas para un futuro haría falta pulirlo, trabajarlo aún más y armonizarlo para que su tacto fuese real y efectivamente suave, ergonómico y estético. Que se disfrute por el simple hecho de tocarlo o más aún de verlo.IMG_0079

En su estado actual no resulta atractivo para usarlo por más procesador de última generación, memoria DDR4 y otras “prestaciones” pudiera tener. La potencia no debería estar divorciada de la estética, y aquí es donde radica la diferencia entre un producto que brilla por su cuidado, acabado y hermosura y otro que se queda en el mero intento de ser lo que aún no es.

Sus altavoces no ofrecen un sonido de atractiva fidelidad. La batería resultó ser mediocre. Y al final uno no sabe de quién es la responsabilidad: ¿Lenovo o Microsoft? Dan la impresión que no están hecho el uno para el otro mas se empecinan en estar juntos.

Con dicho equipo los de Lenovo han mostrado que no tienen ni idea de los principios básicos y fundamentales de un diseño pulido y acabado que tenga por resultado la belleza y la provocación del deseo. Donde se combine el rendimiento y la estética para dar como resultado una joya que por el simple hecho de mirarla ya se le desea.

Por pretender ser creativos e innovadores han resbalado en lo elemental que se puede esperar de un equipo de esta naturaleza: convergencia de versatilidad, belleza y productividad. Les ha faltado trabajar la precisión, el detalle, el cuidado y ese toque distintivo que hubiese hecho del Yoga 920 brillar por sí mismo con notable diferencia entre sus iguales.

IMG_0055Como se puede ver hay demasiada barreras para interactuar con fluidez, soltura y elegancia con un equipo de reciente fabricación pero que dista mucho de lo que la tecnología bien trabajada y lograda nos puede ofrecer hoy en día.

No se favorece la rapidez de conexión ni un uso inmediato e intuitivo a los datos. Le falta facilitar la accesibilidad y transmitir disfrute al usuario final. En tales circunstancias no se favorece la eficacia del trabajo ni la portabilidad.

No estamos ante un convertible fino, ligero, versátil y hermoso. No facilita que las propias ideas innovadores se puedan plasmar y hacer realidad. El Yoga 920 tendrá de todo menos el ser una obra cincelada y trabajada con maestría hasta el último detalle para que el usuario final tenga una experiencia única, lúdica y productiva sin echar en falta algo más.

Con tantas limitaciones no hace otra cosa que espantar a la inspiración y cansar las manos y la espalda. Es una pena que su aspiración ni siquiera fue que no hubiere nada como el Yoga 920. Los de Lenovo se han quedado muy corto para alcanzar lo extraordinario por más que hayan alardeado y se hayan jactado de un portátil-convertible muy moderno pero que al final termina siendo un equipo sin identidad ni brillo.

En un palabra, el Yoga 920 no me pone ni me seduce. No soy para ti ni tú para mí pero al menos yo me he atrevido a dar el paso y reconocerlo.

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Cuando 8 es 10

Como uno más de tantos tenía mis prejuicios y por ellos lo había rechazado. Había pasado de él hasta punto de no darme por aludido cuando salió a escena.  Estaba totalmente convencido que no era para mí ni yo para él.

No obstante, sabía que quería un cambio pero no lograba encontrar un modelo que me terminara de convencer. Siempre aparecía una pega o inconformidad. Eso era lo que me impedía dar el paso del cambio.

Durante varios meses vi varios vídeos en youtube donde se explicaban las distintas comparativas, las especificaciones y las características en el uso de diferentes modelos. Eso me permitió ir descartando diferentes opciones hasta quedarme solo con dos encima de la mesa. Los miraba, los pensaba y los volvía a re-pensar pero aun así no me terminaban de poner a tope.

Luego de más de 3 años con un phablet tenía claro que quería volver a un terminal más pequeño, práctico y cómodo para una sola mano. Ese fue mi primer o probablemente unico filtro: que la ergonomía no afecte a la potencia. En temas tecnológicos lo de calidad-precio es algo a lo que no le doy mucha importancia. Así que estaba entre Nokia y Samsung. Estaba decidido abandonar a iOS.

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Sin embargo, me llegue a preguntar: ¿a quién quieren copiar, imitar o intentar superar? Lamentablemente el duopolio del mercado actual no me deja una respuesta diferente a la de Apple. Cabe destacar que teníamos ya nuestras diferencias y que algunos cambios recientes en iOS no me gustaban del todo pero que al final me he terminado acostumbrando.

Precedido por una discusión con Apple y convencido que de momento Android no es lo mío me fui a la tienda a probar varios móviles. Los tenía que experimentar con el tacto. Estuve casi una hora toqueteando los que estaban en exposición pero ninguno de ellos era lo que yo buscaba o tenía en mente para motivarme a cambiar.

Captura de pantalla 2018-01-27 a las 22.53.18Juro por mí mismo que solo fui a la tienda a por un iPhone 8 de 4,7 pulgadas. Esa fue mi pre-decisión, por decirlo de alguna forma. Por esta vez yo no iba a por lo mejor sino a por lo que me gustara más. Dado que el 8 es mi número favorito creí que también me gustaría tener un móvil con ese número.

Ya llevaba una hora y a pesar de haberlo tenido en mis manos no me convenció. En tamaño estaba bien pero me resultaba muy continuista. Yo necesitaba un cambio no un capricho. El problema fue mi prejuicio inicial descartando otras opciones en todo momento. Cuando ya me di por vencido y me iba de la tienda decepcionado por no haber encontrado lo que buscaba, mi mirada se dejó atrapar por un terminal pequeño, oscuro y al que no había hecho ningún caso. Yo había pasado de él. Claro lo mío era conseguir un 8.

Así que dejando de lado mis prejuicios entré en el terreno inédito de la sorpresa y la admiración. Mi mano comenzó a deslizarse con mucha soltura por aquella joya y me quedé estupefacto. No podía creer ni salir de mi asombro: lo que yo estaba buscando lo estaba encontrando al coincidir en tiempo y espacio con el iPhone X. Sin saber que era tal, me lo tuvo que decir el chico de la tienda (ya ves el caso que le había hecho a pesar de llevar varios meses en el mercado), pero me bastó ese único e irrepetible instante para ponerme (¿perraco?) al ofrecerme todo lo que yo tenía en mente en el nuevo modelo que buscaba: ergonomía y potencia con el añadido de novedad.

Así que estuve a un pasito de hacerme Android pero las circunstancias y el destino han jugado a favor de Apple, por esta vez. A ver qué pasa dentro de unos años. Y no ha sido una elección tan fácil. El factor sorpresa fue determinante para pasar del prejuicio al posjuicio. Una pura locura. No lo busqué, él me encontró.Captura de pantalla 2018-01-27 a las 22.52.55

El resplandor del acorazado

“Las penas vienen y van y desaparecen.

Otra vez vas a bailar y serás feliz como flores que florecen”.

Puede haber un momento en que al avanzar la mirada se detiene delante del retrovisor y desde allí se contemplan el paso de los fotogramas que han entretejido algunos hitos de mi historia.

Como ya se ha dicho otras tantas veces: “el momento más oscuro es el preludio de la irreversible llegada del amanecer“. Han pasado tantas situaciones, hasta el día de hoy, y ninguna de ellas ha podido quedarse con el honor de tener la última palabra sobre mi devenir. En ese proceso cotidiano de irme haciendo y des-haciendo cada día.

Situaciones que en su momento se hicieron sentir con furia de tsunami y afán destructivo cual larva volcánica recién derramada. La sensación era de derrumbe total.  Tal fue su poder que hasta yo mismo me creí vencido y me di por derrotado. Me vi hundido. Pero sin saber ni cómo ni por qué renacía desde sus propias entrañas haciéndome nuevo desde la nada.

No obstante, ninguna de ellas ha logrado destruirme. Por más fuerte que fuese su furia, por más inconmensurable que aparentara su poder o por más afán que tuviera en hacer daño, al final han terminando haciéndose carne acorazada.

Durante la niñez y la adolescencia sobreviví no sólo a la violencia familiar sino también al bullying de esa familia. Que me hicieron creer que no servía para nada. El tiempo me ha confirmado que nunca he tenido familia.

Una vez en el seminario me enfrenté al acoso de los compañeros, a sus burlas y la indiferencia de los curas. Otra experiencia de bullying.

Luego durante cuatro años tuve que lidiar con los efectos secundarios de una depresión que me zarandeaba, de un lugar a otro, sin dejarme muchas opciones por vivir. De hecho, fue en ese tiempo donde me vi la cara con la muerte misma. Emergió con tal fuerza que pudo ser mi final como en la adolescencia. Parecía un callejón sin salida. ¿Aún puede haber algo peor que eso?

Al día de hoy, con lo que me quedo es que ninguno de esos episodios vividos han tenido ni tienen la última palabra en mi itinerario personal. Me han servido para construir mi propia historia con sus luces y sus sombras. Allí donde prima la libertad de ser con total originalidad.

Ahora yo me pregunto: si ninguno de esos momentos extremos, difíciles, cruciales y desoladores han sido más fuertes que yo (aunque a muchos ratos se dieron por vencedores) ¿cómo se puede imaginar o creer la bestia que puede venir a pretender avasallarme en un acto traicionero, rastrero, ruin, hipócrita, raquítico, miserable, cobarde y plagado de necedad, odio, malicia, rencor y venganza?

En definitiva,  su aire de dadivoso y aparente amabilidad puede engañar a cualquiera pero no es más que un arrogante, estúpido, engreído y necio. Su única pretensión es el abrazo envenenado con el objetivo de clavar la daga por la espalda. ¿Caeré en su trampa?

En mi curriculum de guerrero ha quedado acreditado cómo me he curtido en todo tipo de batallas. Cómo se ha cincelado y acrisolado la fuerza de voluntad a prueba de fuego. En mi cuerpo llevo tatuado las memorias de mis distintas peleas. Porque mi mayor guerra no es exógena sino endógena. Así que cuando llega un nuevo problema me digo a mí mismo: “Eso no es nada en comparación con lo que he vivido y superado”.

Espero no haber nadado de tan lejos para terminar ahogado en la orilla. Aunque he intentado destruirme a mí mismo no lo he podido conseguir.

Aunque hoy pareciera que solo prima el nubarrón aguardo con optimismo la llegada del sol. Y si he de caer derrotado y morir hecho polvo y con las cenizas esparcidas en el aire desconocido será peleando y con las botas puestas pero siempre hasta el final.

A por un nuevo baile. ¿Lo compartimos?

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Whatsappitis y otras inflamaciones

0ec26a2Parece ser que este nuevo año va a ser muy aleccionador o que yo me lo estoy tomando a conciencia. Como decía en mí anterior post, en la simpleza del 2018 quiero apostar con quedarme con lo bueno de aquello que me pasa. En menos de una semana y ya tengo una primera experiencia de la creo que debo aprender y mucho.

Mucho se habrá podido decir acerca de los efectos secundarios de las redes sociales y las aplicaciones de mensajería. No pretendo ahondar en sus inequívocas ventajas y aportes. Están entre nosotros y seguro que en su dosis adecuada nos pueden ayudar a hacer la vida más fácil y plena.

Mi última experiencia en particular se centra en que esta semana me he quedado sin mi smartphone. Situación que avisé previamente a los contactos más “cercanos”. Les decía que a pesar de eso mi número móvil seguiría operativo pero en un terminal con el que solo podía recibir y hacer llamadas así como los mensajes de textos (SMS). Incluso hasta le llegué a mandar foto del “nuevo” aparato que estaría conmigo el tiempo que hiciese falta para reparar mi smartphone.

Me veo a mí mismo como una persona muy comunicativa. De hecho yo sé perfectamente que muchos de mis conocidos o amigos ni siquiera habrían avisado ese arreglo de móvil. Lo habrían hecho y punto pelota. Pero ese no es mi caso. No suelo ser así. Mi nivel de lealtad y empatía no me lo permiten.

Cabe decir que todas las personas que fueron avisadas han sabido que en los últimos días he estado con problemas de salud que me obligaron a ir a urgencias el pasado sábado. ¿A dónde quiero llegar con todo esto? Muy simple: veámoslo en su contexto: un sujeto que no tiene familia, se enfrenta a problemas de salud y se queda sin smartphone (esto último sí parece ser la tragedia vital para la sociedad en la que nos ha tocado vivir).   Ni que decir que por un error se han perdido casi la mitad de los números de contactos. O sea que si ellos en algún e insospechado día no se les ocurre la idea de mandar un mensaje de whatsapp no habrá forma alguna de retomar “la comunicación”. Son momentos como estos donde el tiempo pone a cada uno en su lugar.

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En esa situación, muy concreta y detallada, el sujeto no ha recibido ni una sola llamada siquiera para saber cómo sigue de su estado de salud o para hacerle sentir que no está tan solo. Ninguno de sus contactos se ha hecho “encontradizo”. La única respuesta que se ha tenido es silencio más silencio y más silencio tras otro silencio y si se sigue sumando se alcanzaría la cúspide de la indiferencia. Ya estamos en el cuarto día consecutivo de enmudecimiento total. Y mi grado de ingenuidad me llevó a preguntarme si realmente les importo o no.

Ya sabía teóricamente que hay extremada dependencia con la tecnología en general (sobre todo de whatsapp y sus afines) pero en estos días esa experiencia se encarnizado al punto de sorprender y apenar. Se habla mucho del cambio climático y cómo estamos destruyendo con el planeta pero me parece que se dice muy poco de lo que la tecnología nos está deshumanizando. Esa también es otra forma de acabar con la humanidad, si es que aún nos queda algo de eso. Y nos inventamos miles de excusas que no vienen a cuento: “es que no te llamo para no molestar”, “es que no quiero importunar”, “es que no quiero ser pesado”, “es que así es más fácil”, etc. Vemos obstáculos cuando tendríamos que construir puentes. Menos ecologistas-animalistas y más humanistas.

Sólo hay que pensar como decía mi abuela: “sabemos cómo nos acostamos pero no cómo nos levantamos”. La vida puede cambiar, para bien o para mal, en cualquier instante. Ahora quizás entiendo un poco más a los ingleses que me vivían preguntando muchas veces si yo estaba bien (are you ok?).

En definitiva, las personas que nos importan e interesan nunca molestan ni son inoportunas ni agobian. En vez de seguir con los mismos propósitos arrastrados de año en año, tal vez este año podríamos proponernos ser más cercanos, más humanos, más hacer sentir al otro lo mucho que nos importa pero hacerlo lo más directo posible. Una mirada o un abrazo nunca se podrán sustituir por un aparato.

Sí, usar la tecnología que tenemos a mano pero sin dejar que ella nos robe lo que somos, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que vivimos.  Nos estamos perdiendo la inigualable y única oportunidad de darnos ese baño de realidad sin artilugios ni parafernalias binarias. La insuperable dicha de “saber perder” el tiempo juntos.

Quiero seguir aprendiendo a disfrutar el inconfundible sabor de los detalles del encuentro en directo sin tanto digitalismo ni virtualismo. ¿Alguien me acompaña?Poemas-bonitos-de-Guatemala